 acido hace 42 años en la provincia cubana de Matanzas, Pipín se vio atraído desde niño por el océano que rodeaba su ciudad. Su único entretenimiento era la pesca submarina, un deporte en el que los cubanos son unos reconocidos maestros. “Nunca fui a la discoteca”, ha declarado. “No jugaba al fútbol, ni al béisbol, ni a nada. Sólo disfrutaba pescando, buceando”. Tenía 13 años cuando se sumergió a una profundidad temeraria, como nunca antes. No era ningún trofeo de pesca el que buscaba, sino el cuerpo de un compañero que se había ahogado. Lo encontró y lo rescató, y a partir de entonces sus vecinos recurrían a él cuando el mar se cobraba su tributo, algo nada infrecuente en las costas cubanas. En total, devolvió a sus familiares los cuerpos de 10 ahogados. “La única manera de ser consciente de lo que haces es conocer los riesgos”, dice ahora el campeón. “Es la única forma de controlar el miedo y el pánico. Yo amo el océano. Amo mi trabajo. Bucear es algo místico, un modo de vida mágico”. |
Atraído cada vez más por el mar, el joven atleta se ganaba la vida pescando langostas y acompañando a los turistas en sus inmersiones por las aguas caribeñas. En una ocasión, en 1980, contrató sus servicios un periodista italiano, apasionado del buceo. El europeo se quedó sorprendido por la agilidad y las facultades del cubano. “¿Pero tú sabes a qué distancia te has sumergido?”, le dijo a Pipín. “Es probablemente un récord”. El buceador amateur nada sabía entonces de marcas mundiales ni del dinero que se movía alrededor de los grandes campeones. En esa época, el récord mundial de buceo en apnea estaba en 60 metros, y el periodista constató que su guía había descendido por lo menos 62. Tomó su cámara de Súper 8 y lo filmó. Esas imágenes de aficionado son las primeras del que luego se convertiría en la estrella más cotizada del submarinismo. El italiano le invitó a visitar su país para participar en un concurso, pero el régimen cubano le denegó el visado. “Me dijeron que no eran las Olimpiadas”. El furor y la ira contra las autoridades comunistas le fueron corroyendo de tal manera que atravesó una especie de penoso exilio interior que duró siete años. Seguía trabajando con los turistas, hasta que en 1987 se reconcilió con sus gobernantes durante la inauguración de un complejo hotelero. Aprovechó la visita de fotógrafos extranjeros para hacer una exhibición de su poderío, descendiendo nada menos que 67 metros. Las autoridades presentes hicieron las paces con Pipín, que empezó a codearse con lo más granado del régimen de La Habana. Con ellos, militares y políticos, salía a pescar. “Ya sabes, Castro es un magnífico pescador...”, ha declarado a la prensa estadounidense recordando esos años. |
Comenzó a salir al extranjero y a competir. Y, como tantos otros compañeros cubanos, acabó sucumbiendo a los cantos de sirena del esplendoroso Occidente. Ocurrió durante un concurso en Bahamas, en 1993. Con ayuda de unos amigos afincados en Miami, se exilió en Estados Unidos, donde empezó a vivir, y muy bien, del submarinismo. Allí conoció a la que se convertiría en su esposa. En 1996, Pipín estaba intentando conseguir una nueva marca mundial de la modalidad "no limits": 130 metros. Uno de sus patrocinadores era el magnate de la prensa mexicana Emilio Azcárraga, dueño de Televisa, que había puesto sobre la mesa 120.000 dólares. Se estaba entrenando en aguas del Pacífico mexicano, y por las tardes frecuentaba con sus colaboradores un bar en el puerto. “Allí estaban multitud de caras conocidas”, escribe en su libro The Dive... “Pero había una joven muy atractiva a la que no reconocía. ‘Me llamo Audrey', dijo en un mal castellano. ‘Me pregunto si puedo hacerte un par de preguntas'. Tenía unos hermosos ojos marrones. ‘¿Eres periodista?', pregunté. ‘No, estudio Biología Marina en México, y quiero investigar la adaptación del cuerpo humano a condiciones extremas'. Me dijo que había leído mucho sobre mí”. |
El 12 de Octubre del 2003, a los 41 años, Pipín Ferreras supero otro récord asombroso. Descendió a pulmón libre, en la modalidad de ascenso variable absoluto, hasta 170 metros en aguas de la bahía de Cabo San Lucas, en el Pacífico mexicano. Superó por 8 metros los 162 que había conseguido en Cozumel, en el 2000. Bajó con un lastre y subió con la ayuda de un balón hinchado. |
Nadie ha sido tan grande como él después de los legendarios Jacques Mayol y Enzo Maiorca, inmortalizados en el cine en El gran azul. Sólo el italiano Umberto Pelizzari le hizo algo de sombra en los últimos años. |
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